Puente 7
lunes, 11 de diciembre de 2028
viernes, 4 de octubre de 2024
CRUZ DE CARNE
Cruz de Carne. Tal es el título
de la obra pictórica con que Bastián Nienhüser obtuvo el Premio de Honor en el concurso
de Arte Joven versión 2023, que invita la Universidad de Valparaíso.
Se trata de una obra pictórica cuyo
formato, una cruz cristiana fragmentada, inmoviliza un cuerpo cuyos miembros
han sido destazados y desarticulados, trastornando así el orden orgánico de lo
humano. Pero junto con inmovilizar y
“reorganizar” su anatomía, el crucificado de Bienhüser aparece también acogido por
la tela, por un sudario fragmentado y corcheteado a la tradición de la
superficie pintada de occidente. Una superficie “oleada y sacramentada” que le
unge como obra pictórica de intención. Se trata entonces de una cruz
biopolítica que, constriñendo lo desgarrado, al mismo tiempo provoca la
liberación de diversos significados. En eso consiste la paradoja de la cruz: en
clavar y liberar.
Siempre, desde sus años como
alumno del Departamento de Artes Plásticas (UdeC), Nienhüser demostró un
pertinaz deseo por la pintura del desgarro, de la víscera expuesta y del
organismo sobrexpuesto por medio de su voluntaria desorganización subjetiva
reorganización. En tal proceso, el artista da tempranamente cuenta que el
organismo humano no está constreñido a una túnica de piel, sino que -tal como
ocurre con la superficie pintada- éste continúa y se expande por todos los
cuerpos de todos los organismos.
Es mediante ese doble ejercicio que
el artista instala su dispositivo de muerte, en el que también se cuelga a sí
mismo, exponiendo en vida su cruz de pintor sacrificial, sacrificio propio,
pero también de la tradición pictórica ya liberada de los crucifijos fijos.
Es que el crucificado de
Nienhüser -como ocurre con toda crucifixión- grita horrores a nuestros ojos; pero
como la pintura es también una presencia que nos mira, nos instala frente a
ella como un ojo indeterminado y polivalente en que vemos el desface de nuestra
propia presencia. No hay fijeza, devenimos carne observada que a la vez observa.
Carne atropellada, la del cuerpo social
abusado, negado y secuestrado, esa carne que el pintor acoge como en una “santa
sábana” hecha de retazos.
Y en simultáneo la efusión, la
vitalidad de los músculos y epitelios que nos detienen ante una máquina
milagrosa que exhibe las huellas de una insurrecta resurrección. He ahí el vértigo de su espantosa y vital atracción.
Ese en este momento histórico que
la pintura de Nienhüser invita a persistir y a insistir en el cuerpo como un
lugar de convergencias, un plexo de energías que, si bien se agotan, mueren y
se contradicen, también resisten, y que en su resistir resucitan. El cuerpo
resucitado no es más que un cuerpo liberado e insurrecto.
¿Y cuál sería la gracia de tales
paradojas?
Al respecto debemos subrayar que
al arte actual se debate (dicotómicamente) entre inmanencia y trascendencia,
entre el aquí radical y la opacidad de la otredad.
Ante eso el crucificado de
Nienhüser, responde con su trascendencia inmanentizada, una operación pictórica
que parece plantearnos que, tanto la carne como los órganos, siendo
transitorios, se hacen sincrónicamente trascendentes por medio de la
simultaneidad de planos y procesos con que la historia pasada, presente y futura
se hace presente ellos. En el centro mismo de la muerte en que el poder vital
de lo resucitante es atravesado por el poder del arte. He ahí la apuesta
expansiva de la contemporaneidad: con mirada crítica y rigor, pero sin
secuestros, sin adoctrinamientos ni amputaciones.
Edgardo
Neira
Departamento de Artes Plásticas
Universidad de Concepción
domingo, 11 de diciembre de 2022
Guillermo Moscoso. Un giro teológico en el arte
Guillermo Moscoso
Un giro teológico en el arte
Noviembre 2022. Guillermo Moscoso
se apropia de un gran espacio en nuestra Casa del Arte. Según el texto
curatorial, dicha apropiación moviliza un bloque de múltiples metáforas visuales
para dar cuenta de la pandemia en que nos toca vivir (o morir) y del control
biopolítico que ello implica.
Sin embargo, quien haya estado
atento al Opus moscosiano, recordará
la insistencia que ahí se hace en cierta simbología religiosa católico-mariana.
¿Qué puede justificar esa estrategia?
Es en este punto que propongo que
el proyecto de Moscoso deviene reflexión teológica y, por consiguiente,
antropológica.
Ejercitar tal reflexión desde su arte,
implica distinguir la venda que oprime del apósito que sana y libera, es tam
bién
considerar cuánto de vedado hay en lo vendado y cuánto de desbordamiento puede
haber en un bordado con hilos de oro.
De aceptar lo anterior, aceptamos
que con su pasión Guillermo Moscoso transparenta- simultánea y paradojalmente- dos
epistemes culturales distintos pero conectados por sus respectivas fugas: el del
Horror Vacui barroco que define la
estética religiosa colonial que, aun siendo bella, recuerda la imposición de un
reino terrenal ya caduco. Así, las metáforas que nos enrostra el artista,
marcan una espera activa, el adviento por un episteme nuevo, y sin embargo arcaico
y reconocible.
Un paradigma en que la alteridad
del Otro, no sea motivo de su negación a
priori, en que la religiosidad no sea un contrato a plazo indefinido, sino un
permanente religarse y releerse como soplo y murmullo místico y liberador. Como
ese río en el paisaje al que clama Moscoso, llámese Jordan o Bío Bío.
Edgardo Neira
Departamento de Artes Plásticas
Universidad
de Concepción
lunes, 3 de mayo de 2021
EL JOVEN DEL TRACTOR AZUL. El pueblo que falta.
La edición de Le Monde Diplomatique correspondiente al mes de abril 2021 ha tenido a bien publicar, por quinta vez, una de mis obras. Esta vez se trata de “JOVEN DEL TRACTOR AZUL. Catrillanca” obra que junto a su par: “JOVEN CON HOJAS DE FOYE”, le fue asignado el primer premio en el Concurso UNIVERSIDAD DE CONCEPCIÓN 100 AÑOS, certamen con que esta institución intensificó las celebraciones de su primer siglo de existencia durante el 2019. Pues bien, como el citado cuadro aparece acompañando el artículo “La liberación nacional Mapuche” del Dr. Fernando Pairacan, me han llegado algunas consultas, bien intencionadas la mayoría, respecto de las intenciones y sentires que habrían motivado mi opción temática. En este punto se debe mencionar que la costumbre protocolar dicta que sea otra persona, habitualmente una curaduría, la que debe investigar y luego explicar los conceptos y prácticas surgidas de tal ejercicio. En esta ocasión ese trabajo para catálogo le fue encargado por la Dirección de Extensión a la periodista, curadora e investigadora Carolina Lara, quién, en lo que respecta a mi trabajo, dedica algo más de tres líneas a una columna, exiguas considerando que estaban dirigidas a un público que necesitaría comprender que hay en una obra que ha “ganado” un concurso como éste. Aun así, tal ahorro de palabras pudo ser suficiente si hubiese practicado una investigación algo más cuidadosa, menos reducida a sus propios conocimientos y deseos. Sin embargo, esa misma estrechez, sumada a las numerosas consultas recibidas por la publicación de Le Monde Diplomatique, me permiten obviar el pudor de la auto-referencia y entonces poder dar testimonio del proceso transcurrido entre la elección del “tema” y la “ejecución” de ambas pinturas.
De la Motivación.
En julio de 2019, fecha en que
comencé a delinear los conceptos con que trabajaría, tenía aún muy frescos los
luctuosos hechos que significaron el homicidio del joven Camilo Catrillanca en noviembre
2018. Revisé videos y fotografías, consulté mapas, escuché relatos y argumentos
de las personas involucradas. Constaté la rabia y el dolor verdaderos, el
arrepentimiento, el desgarro real y también el otro: el luto de utilería, el lamento
estratégico. De las decenas de imágenes revisadas hubo una que me pareció especialmente
espeluznante: El cuerpo doblado de un hombre, un ovillo de carne muerta en
tenida de camuflaje, era el cuerpo del joven Catrillanca mientras es descendido
por tres funcionarios blindados desde un tractor azul. No pude evitar asociar
esa imagen con tantos descendimientos del Cuerpo muerto que existen el la
historia de la pintura. ¿Debería entonces referir a ese cuerpo? Así lo decidí,
pero lo sería en tanto habeas corpus,
el de un cuerpo presente pero ya liberado de toda imagen de derrota y
corrupción. Mi representación de
Catrillanca debía ser, pues, una metonimia de sí, una silueta de ausencia que proyectase
su presencia sublimada hacia un pueblo entero. Hacia un país entero, hacia un pueblo
que aún falta.
Del Procedimiento: materia y significados.
Por otra parte, para aquellas
zonas “europeizadas” se utilizó collages y fotografías, además de procedimientos
pictóricos propios de la pintura ilusionista, flamenca en este caso, la que se
puede advertir en las gotas de agua (o lágrimas) realizadas de manera muy
realista y que escurren desde una nube de tierra negra en un caso, y de cuarzo
blanco en el otro. El resultado general, por tanto, respondería a la tensión acumulada
entre una percepción “háptica” (táctil, contingente y cercana) con otra de tipo
“óptica”, más de perspectiva distante y omnisciente).
Aprovecho la ocasión para comentar
sobre ciertos deseos, subrepticiamente expresados, respecto de la escaza
claridad denunciatoria y contingente, eso porque la motivación general gira en
torno al asesinato de Camilo Catrillanca a manos de fuerzas del Estado. Y todo
lo que aquello implica.
Sin embargo, todo eso que aquello implica, desborda con creces, a mi juicio, el duelo
y la rabia puntual y ciertamente inevitables, por eso me pareció importante,
acaso indispensable, incorporar otros datos a la mirada inmediata, puramente
sensible y subjetiva, la de un pintor más encima. De ahí que mantuve
conversaciones con personas que, además de ser mapuche, han dedicado sus vidas
a investigar y rescatar su cultura. De ellos conocí algo más de su maravillosa
cosmogonía. Por mi parte corroboré las distorsiones que, aprovechándose de
picoteos en La Araucana, gustan enfatizar la acometividad del “músculo robusto
y belicoso” como anota Ercilla, en desmedro de aquellos versos en que el poeta escribe
- aunque sea parafraseando la Eneida- sobre la humanidad y la ternura espiritual
-ti poyen- de quiénes se saben parte
de la tierra y del universo mismo.
Ya en un texto anterior hice referencia a que ni la superioridad tecnológica, ni el caballo, ni la pólvora, ni el hierro fueron tan determinantes para la tropa española como el haber impuesto su lengua. Y su escritura. Y si bien el castellano cuenta con finezas idiomáticas y poéticas imposibles para otros idiomas, así también el mapuzungun las tiene respecto de la lengua española. Esta dicotomía del verbo genera dos maneras de producción de mundo, dos maneras distintas de aprehender el tiempo y el espacio, la existencia misma. Y si tales diferencias no son capaces de vincularse, de enriquecerse la una con la otra, cada cultura ha de permanecer a la defensiva respecto de la otra, que a su debido tiempo pasará a ser ella la ofensiva. Viceversa. Defensa y Ofensa, dos puertas que giran en torno a la misma bisagra, el eje de la muerte.
Resistí a ser secuestrado por la ira, le negué su participación. Traté, en cambio, de ofrecer una perspectiva visual de otro orden, no de control ni finiquito como la pacificación del siglo XIX, sino de apertura a miradas faltantes, las que sin ofrecer una salida mesiánica “concreta”, quieren vislumbrar un horizonte que aún permanece oculto entre la niebla y el humo. El humo es el sueño del fuego…El azul del cielo es el sueño eterno del aire, escribe Chihuailaf.
Finalmente, respecto de la “silueta oscura que parece a punto de estallar” mencionada con tintes proféticos por C. Lara en su recorte, si bien supone a Camilo Catrillanca baleado en su tractor azul, corresponde también a un joven ya estallado, un nombre ya expandido desde la tierra negra o del cuarzo destellante. Es el destello inmanente de un pueblo que falta, de un relato espiritual faltante, el de un pueblo champurriado (mezclado) que quiere volver las cosas a su lugar, pero adelante, en la línea esbozada de un horizonte en deuda. En esas cosas cavilaba mientras pintaba.--..--
viernes, 12 de febrero de 2021
CONATUS
La fotógrafa Claudia R. Ormeño (C.R.O) ha entregado durante el año 2020 su más reciente producción fotográfica: “CONATUS”, exposición compuesta por 49 láminas acompañadas de una atmósfera de ecos y sonidos especialmente concebidos para su expansión hacia lo audiovisual.
Respecto del concepto:
conatus, que da nombre a su muestra, éste
aparece con Baruch Spinoza: filósofo y teólogo del s. XVII que resultará clave para
la gestación del pensamiento que llamamos contemporáneo. Dicho muy en breve, el
giro de Spinoza está provocado por una pulsión ética y estética de la
inmanencia que, aún de origen divino, habría de operar con autonomía respecto
de la idea de un Dios único y trascendente, en consecuencia, tomando distancia
de las instituciones en que el filósofo se había formado. Visto desde ahora, un
conato visual spinoziano, operaría como
el deseo ético por producir chispazos críticos en un determinado devenir; chispas
vivenciales que, en este caso, se harían visibles (y audibles) por medio del clik de un dispositivo fotográfico. Sin
embargo, siguiendo con Spinoza, junto a esa brevedad operacional se ha de producir
una perseverancia ética sostenida en el afecto y en la calidez humana, así también
por cierta persistencia en la búsqueda de lo formalmente bello. Y es eso, precisamente, lo que es factible que
ocurra al momento de ver y escuchar estas 49 fotografías, instante dolido que deviene
huella que perdura en esperanza; rastros que clavados en la brevedad de un “flash”,
transfieren la persistencia de muchos pasados, los que irán, a su vez, prefigurando
poéticas y acogedoras recepciones. Tal como ocurre con el instante en que Spinoza
aparece en la historia, cuya huella, breve pero intensa, perdura ya por casi cuatro
siglos; y es precisamente ahora, en este presente, cuando sus conceptos se han
hecho más visibles y pertinentes.
Por su parte, la pulsión ética de C.R.O, digamos el clik social que le hace involucrar, es accionado
por la historia que habita en los cuerpos de niñas que han sido abandonadas y luego
acogidas en un hogar de menores; espacios que, en una primera fase, la
fotógrafa recorre prescindiendo de todo dispositivo de registro, ni cámara ni
grabadora. Según Spinoza, sería durante ese recorrido que su propio cuerpo se irá
implicando como un lugar de acogida y registro bio-espiritual, en carne y hueso,
de aquello que a esas pequeñas mujeres ha ido sucedido. Y sucede.
Tiempo después, en una segunda visita, desarrollará la etapa propiamente
fotográfica del proceso, fase acuciosa y crucial en que la artista tendrá especial
cuidado en no registrar cuerpo alguno, evitando así toda obviedad
exhibicionista o instrumentalización denunciatoria. Paradojalmente, la elocuente ausencia de
cuerpos es lo que origina el sentido más intenso, acogedor y emotivo de su
arte.
Luego será la edición de los registros, operativo estratégico que organizará la intención de las huellas capturadas en sus repeticiones y diferencias. Intención que hará adivinar la proximidad en ausencia de esas niñas ocultas en la penumbra resplandeciente, diríase conventual de esos interiores. Ahí el estante de los platos, la ropa tendida, en fin, algún juguete inerte que espera por su compañera de juego.
El proceso se completa con la inclusión del sonido. Tan
discreto como las imágenes, el audio en off
potencia el factor fantasmal de una fisura espacio-temporal del que brota cada
presente. Es entonces cuando el eco de un murmullo, el abismal ritmo de una
gota al caer o, acaso, aquel silabeo conmovedor y entrecortado de una niña que
aprende a leer con el célebre poema de Antonio Machado: Caminante no hay camino, se hace camino al andar.
Concluyamos que el contenido ético y crítico de CONATUS no se
pretende a sí mismo en la modalidad zarpazo. No hacia una institución que, al
dar acogida, zurce como mejor puede el vacío que produce el abandono. Se trata,
en cambio, desde el arte de la luz: visibilizar y también generar, junto al
presente de esas niñas, los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles que nos sugiere
Machado con su poema.
Edgardo
Neira
martes, 2 de febrero de 2021
PATRIMONIO
Patrimonio, lenguaje y
vacío.
La cultura contemporánea expresada, entre otras cosas, por la
búsqueda de una nueva relación entre ciudadanía y poder, ha ido también replanteando
la idea de patrimonio, palabra que derivada del latín: patris-onium, hace referencia a “lo heredado del padre”.
De ahí que la UNESCO haya debido expandir dicho concepto
desde su acepción inicial patrística basada en una poética de nostalgia por el
pasado, hacia la visibilización de acontecimientos culturales que desde el
presente inciden en la generación de nuevas memorias y de olvidos.
En tales sentidos resulta pertinente instalar algunas
preguntas sobre el derribo de estatuas durante la explosión social de fines de
2019, hechos coincidentes con el conflicto, indebidamente denominado, “de la
araucanía”.
Una de esas estatuas, la más significativa, es la que
representa a Pedro de Valdivia, fundador de esta ciudad. Desde el punto de
vista patrimonial cabe preguntarse ¿qué se derriba cuando se derriba una imagen?
La de Valdivia en este caso. Tal vez corresponda a un comprensible intento por
borrar una parte, acaso ominosa, de nuestra historia, para luego producir una
memoria distinta y renovada. Pero en lo inmediato, ese hecho sólo logra un
vacío en el paisaje mental del ciudadano común.
Por otra parte, asombra recordar que las principales armas de
la conquista española no fueron: ni el acero, ni el caballo, ni la pólvora;
sino la lengua castellana y su poder para implantar, además por escrito, su
propia visión de mundo. Incluso, si revisamos la estatua caída, veremos que
Valdivia apoya su mano izquierda en una espada, mientras en la otra sostiene un
rollo de pergamino escrito. Por otra parte, recordemos que en La Araucana, el excelso
poema épico de Alonso de Ercilla, el pueblo mapuche es definido, desde sus primeros
versos, como indómito y belicoso. ¿Pero era tan así, o es que con esa bella
escritura se estaba reduciendo su portentosa cosmogonía a una pura furia
guerrera? ¿es la guerra su legado?
Otro poeta, nuestro Elicura Chihuailaf, enseña que en lo
profundo de su cultura habita poyen,
el poder de la ternura materna que hay que defender. Con todo. También afirma:
“Cada cultura es una delicada flor que hay cuidar para que no se marchite”
Cómo hacer entonces para que en vez de borrar lo imborrable o
dominar lo indomable, podamos cultivar - ya sin miedo- por entre los
intersticios de nuestras culturas, y desde ahí tejer ese relato azul que según
Chihuailaf aparece cuando termina la noche y llega un nuevo día.
--..--
martes, 10 de noviembre de 2020
MESA SERVIDA
MESA SERVIDA.
Antigua Ocultadora. Haced pues que haya germinación…que seamos invocados,
que seamos adorados, que seamos conmemorados, por el hombre construido, el
hombre formado, el hombre maniquí, el hombre moldeado. Haced que así sea.
POPOL VUH
De la bella resistencia
¿Desde dónde fluye la despiadada belleza en la escultura
ceramizada de Bárbara Bravo? Ante esa interrogante solo debemos insinuar algunas
posibilidades para luego permanecer en vilo, entre la certeza que ofrece la
materia y la nube de sus posibles significados.
Lo expresó alguna vez Giacometti: “La
escultura no es un objeto; es un enigma…”
Ya desde su enunciado: Mesa Servida, se hace intuir que el barro modelado y quemado es ofrecido como tributo sobre esa superficie de ritos infinitos que es la mesa, un mueble que en su simpleza no solo sirve para elevar el suelo hasta una altura cómoda, sino también como soporte en que lo arcano es ofrecido como elemento y alimento vitrificado, un tiempo enrarecido, tiempo solidificado a la vez que fluyente en devenir eternidad. De ahí que opere como factor de resistencia ante la hermosura fetiche pero, al mismo tiempo, ante la sobre-determinación presentista e inmaterial que imponen algunas contingencias teóricas. No se trata entonces de una belleza servil, sino de una capaz de interferirla y por eso despiadada. La belleza, si no es rastrera, resiste y no perdona. De ahí que resistir y persistir en lo bello deviene servicio (no servilismo) a la condición humana, condición que no sólo se activa desde la transparencia útil de lenguaje, sino de toda vitalidad que aparezca por entre sus pliegues y ocultamientos. Pero enrarecer no significa recurrir perezosamente a la rareza de lo exótico; en vez de eso, como afirma Graciela Iturbide, se trata de rehusar al exotismo para solucionar con el misterio. Es lo misterioso el factor que complejiza los ceramios de Bárbara Bravo.
Pero es también sorprendente que las palabras resistir y
fluir, dos verbos claves en la retórica de la contemporaneidad, sean
coincidentes con la naturaleza del primero y más antiguo material producido por
la humanidad: el Kéramos: cerámica en griego, significa, casi literalmente:
¨barro quemado que resiste¨. No es pues casual que en tantos mitos
fundacionales aparezca el barro como materia prima divina para modelar el
cuerpo humano. En esa gestión corporal es
en dónde acontece el mito del arte; más aún, es en la subjetividad producida en
el cuerpo en dónde se entre-teje el cerebro social; porque la tierra, el agua y
el calor no producen utilidad ni conocimiento sin una corporalidad que les
amase en su materialidad espiritual; ese cuerpo es del alfarero, del artesano, del
escriba o del escultor. En este caso el cuerpo de nuestra artista alfarera, el
de Bárbara.
Del Procedimiento.
Mientras escribo estas líneas evoco las palabras de Bárbara transparentando
(en algo) su procedimiento de obra:
No me trazo un plan
previo, más bien me dejo fluir, me gusta trabajar en directo, en la inmanencia del
modelar…
Sin embargo la ausencia de un plan previo no se debe entender
como una vulgar improvisación, sino como la priorización del procedimiento de
obra por sobre un resultado futuro perfectamente cerrado. Es que en la acción
del “dejarse fluir” está ocurriendo el proceso de conexiones entre la acción de
la mano pensante y memoriosa, con los diversos tiempos y saberes que en ese, su
acto, se infiltran. En Mesa Servida se
nos ofrecen variadas huellas: precolombinas, de la cultura chinchorro, de la
teratología andina. Incluso se podría ficcionar con improntas muchísimo más ignotas
y lejanas: de Ahin Ghazal o, acaso, de Sumer. Toda esta compleja apertura
semántica ocurre porque los cuerpos fragmentados y reconstituidos sobre la mesa
son tributados como infinitud. Cadáver o gloria, el cuerpo es siempre
significante de una resurrección por insurrección, de ahí la espiritualidad del
arte. Misma espiritualidad del oficio que Bárbara Bravo culmina con la sinterización
y la seducción balsámica de los engobes, delicadeza culminante en dónde la
fugacidad de todo cuanto existe adquiere la posibilidad de ser
escalofriantemente eterna.
Edgardo Neira. Enero 2018
miércoles, 27 de marzo de 2019
Roberto Cartes
lunes, 10 de diciembre de 2018
Lunático Esplendor
Tal vez debiera (y debiéramos) acoger un consejo de Ricardo Piglia, el literato argentino quién aconseja que siempre hay llegar tarde a la moda, tarde a la cita, llegar tarde a todo, pero una tardanza entendida como resistencia al espectáculo frívolo de lo espectacular.


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