viernes, 4 de octubre de 2024

CRUZ DE CARNE

 



Cruz de Carne. Tal es el título de la obra pictórica con que Bastián Nienhüser obtuvo el Premio de Honor en el concurso de Arte Joven versión 2023, que invita la Universidad de Valparaíso.

Se trata de una obra pictórica cuyo formato, una cruz cristiana fragmentada, inmoviliza un cuerpo cuyos miembros han sido destazados y desarticulados, trastornando así el orden orgánico de lo humano.  Pero junto con inmovilizar y “reorganizar” su anatomía, el crucificado de Bienhüser aparece también acogido por la tela, por un sudario fragmentado y corcheteado a la tradición de la superficie pintada de occidente. Una superficie “oleada y sacramentada” que le unge como obra pictórica de intención. Se trata entonces de una cruz biopolítica que, constriñendo lo desgarrado, al mismo tiempo provoca la liberación de diversos significados. En eso consiste la paradoja de la cruz: en clavar y liberar.

Siempre, desde sus años como alumno del Departamento de Artes Plásticas (UdeC), Nienhüser demostró un pertinaz deseo por la pintura del desgarro, de la víscera expuesta y del organismo sobrexpuesto por medio de su voluntaria desorganización subjetiva reorganización. En tal proceso, el artista da tempranamente cuenta que el organismo humano no está constreñido a una túnica de piel, sino que -tal como ocurre con la superficie pintada- éste continúa y se expande por todos los cuerpos de todos los organismos.

Es mediante ese doble ejercicio que el artista instala su dispositivo de muerte, en el que también se cuelga a sí mismo, exponiendo en vida su cruz de pintor sacrificial, sacrificio propio, pero también de la tradición pictórica ya liberada de los crucifijos fijos.

Es que el crucificado de Nienhüser -como ocurre con toda crucifixión- grita horrores a nuestros ojos; pero como la pintura es también una presencia que nos mira, nos instala frente a ella como un ojo indeterminado y polivalente en que vemos el desface de nuestra propia presencia. No hay fijeza, devenimos carne observada que a la vez observa.   Carne atropellada, la del cuerpo social abusado, negado y secuestrado, esa carne que el pintor acoge como en una “santa sábana” hecha de retazos.

Y en simultáneo la efusión, la vitalidad de los músculos y epitelios que nos detienen ante una máquina milagrosa que exhibe las huellas de una insurrecta resurrección.  He ahí el vértigo de su espantosa y vital atracción.

Ese en este momento histórico que la pintura de Nienhüser invita a persistir y a insistir en el cuerpo como un lugar de convergencias, un plexo de energías que, si bien se agotan, mueren y se contradicen, también resisten, y que en su resistir resucitan. El cuerpo resucitado no es más que un cuerpo liberado e insurrecto.

¿Y cuál sería la gracia de tales paradojas?

Al respecto debemos subrayar que al arte actual se debate (dicotómicamente) entre inmanencia y trascendencia, entre el aquí radical y la opacidad de la otredad.

Ante eso el crucificado de Nienhüser, responde con su trascendencia inmanentizada, una operación pictórica que parece plantearnos que, tanto la carne como los órganos, siendo transitorios, se hacen sincrónicamente trascendentes por medio de la simultaneidad de planos y procesos con que la historia pasada, presente y futura se hace presente ellos. En el centro mismo de la muerte en que el poder vital de lo resucitante es atravesado por el poder del arte. He ahí la apuesta expansiva de la contemporaneidad: con mirada crítica y rigor, pero sin secuestros, sin adoctrinamientos ni amputaciones.

                                                                                                          Edgardo Neira

                                                                                          Departamento de Artes Plásticas

                                                                                            Universidad de Concepción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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