Cruz de Carne. Tal es el título
de la obra pictórica con que Bastián Nienhüser obtuvo el Premio de Honor en el concurso
de Arte Joven versión 2023, que invita la Universidad de Valparaíso.
Se trata de una obra pictórica cuyo
formato, una cruz cristiana fragmentada, inmoviliza un cuerpo cuyos miembros
han sido destazados y desarticulados, trastornando así el orden orgánico de lo
humano. Pero junto con inmovilizar y
“reorganizar” su anatomía, el crucificado de Bienhüser aparece también acogido por
la tela, por un sudario fragmentado y corcheteado a la tradición de la
superficie pintada de occidente. Una superficie “oleada y sacramentada” que le
unge como obra pictórica de intención. Se trata entonces de una cruz
biopolítica que, constriñendo lo desgarrado, al mismo tiempo provoca la
liberación de diversos significados. En eso consiste la paradoja de la cruz: en
clavar y liberar.
Siempre, desde sus años como
alumno del Departamento de Artes Plásticas (UdeC), Nienhüser demostró un
pertinaz deseo por la pintura del desgarro, de la víscera expuesta y del
organismo sobrexpuesto por medio de su voluntaria desorganización subjetiva
reorganización. En tal proceso, el artista da tempranamente cuenta que el
organismo humano no está constreñido a una túnica de piel, sino que -tal como
ocurre con la superficie pintada- éste continúa y se expande por todos los
cuerpos de todos los organismos.
Es mediante ese doble ejercicio que
el artista instala su dispositivo de muerte, en el que también se cuelga a sí
mismo, exponiendo en vida su cruz de pintor sacrificial, sacrificio propio,
pero también de la tradición pictórica ya liberada de los crucifijos fijos.
Es que el crucificado de
Nienhüser -como ocurre con toda crucifixión- grita horrores a nuestros ojos; pero
como la pintura es también una presencia que nos mira, nos instala frente a
ella como un ojo indeterminado y polivalente en que vemos el desface de nuestra
propia presencia. No hay fijeza, devenimos carne observada que a la vez observa.
Carne atropellada, la del cuerpo social
abusado, negado y secuestrado, esa carne que el pintor acoge como en una “santa
sábana” hecha de retazos.
Y en simultáneo la efusión, la
vitalidad de los músculos y epitelios que nos detienen ante una máquina
milagrosa que exhibe las huellas de una insurrecta resurrección. He ahí el vértigo de su espantosa y vital atracción.
Ese en este momento histórico que
la pintura de Nienhüser invita a persistir y a insistir en el cuerpo como un
lugar de convergencias, un plexo de energías que, si bien se agotan, mueren y
se contradicen, también resisten, y que en su resistir resucitan. El cuerpo
resucitado no es más que un cuerpo liberado e insurrecto.
¿Y cuál sería la gracia de tales
paradojas?
Al respecto debemos subrayar que
al arte actual se debate (dicotómicamente) entre inmanencia y trascendencia,
entre el aquí radical y la opacidad de la otredad.
Ante eso el crucificado de
Nienhüser, responde con su trascendencia inmanentizada, una operación pictórica
que parece plantearnos que, tanto la carne como los órganos, siendo
transitorios, se hacen sincrónicamente trascendentes por medio de la
simultaneidad de planos y procesos con que la historia pasada, presente y futura
se hace presente ellos. En el centro mismo de la muerte en que el poder vital
de lo resucitante es atravesado por el poder del arte. He ahí la apuesta
expansiva de la contemporaneidad: con mirada crítica y rigor, pero sin
secuestros, sin adoctrinamientos ni amputaciones.
Edgardo
Neira
Departamento de Artes Plásticas
Universidad de Concepción

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