NATURALEZA INCÓMODA
Roberto Cartes
Roberto Cartes
Es verdad, la
naturaleza está incómoda, y lo está por la grosería humana del no hacerse cargo que aquello que denominamos naturaleza (exterior) circula por nuestro propio cuerpo (interior). Naturaleza es, en la obra de Roberto Cartes, incomodidad
de la naturaleza ante sí y en nosotros, incomodidad en la población de lo vivo
a manos de sus mismos pobladores.
Pero eso es lo más
evidente, porque esta exposición presenta, al menos, dos niveles de lectura, en que el primero de
ellos, el nivel denunciante, se anota en sus xilografías con la presencia de usinas
y tuberías humeantes, burbujas negras, vapores y líquidos oscurecidos con porquerías que evidencian la contaminación
ambiental. Eso queda bastante claro por lo oscuro de la denuncia.
Pero hay un segundo
nivel de lectura mucho más complejo, y que se relaciona con el cómo y desde
dónde mira lo que mira el autor, es decir en dónde se acomoda artísticamente su
incomodidad.
Partamos por mencionar la
tensión que genera el autor entre la pulcritud del montaje respecto del cómo desarrolla la “temática” de
sus imágenes. Digo desajuste porque R. Cartes es grabador, dibujante y profesor
universitario en ambas disciplinas, cuyo
domino bien pudo haberle impulsado hacia
la exquisitez que tales oficios posibilitan. Pero no ha sido así, pues lo que Roberto
Cartes hace es precisamente mantener a raya aquello que pueda parecer excelso o
sublime, permitiéndoles existir, sí, pero sólo en el riguroso protocolo que exige la impresión gráfica y sus respectivos montajes,
y porque le es conveniente para que la
parte bastarda de su obra resalte aún más. Y cuando digo bastardo refiero al carácter
potente de lo hecho a mano y con los medios mínimos.
De ahí sus “monos a
lapizpasta” con que ha ido repletando, por años, pequeñas
libretas y papelitos varios, ejercicio íntimo realizado especialmente mientras su
atención se encuentra operando en formato “EXEL”, esa trama verde que supedita nuestras habilidades blandas a la dura geometría
de las instituciones. Es en esa interfase
cuando su lápiz segrega imágenes, las que
fijadas sobre la fragilidad del roneo, conducirán a lo que de cuajar definiremos
como macicez de un cuerpo de obra.
Pero en el albo muro expositivo están activadas, además,
otras imágenes, ya no las del banco de datos privado, sino aquellas que tienen su origen allá fuera, en el rayado a “plumón temperado” que utiliza el grafitero de barrio.
“Me
tomo, dice Cartes, de la compulsión chilena por clasificar al otro según su
aspecto, el cara de jarro…” Entonces ahí vemos citados por Cartes mediante dibujo
directo al: carechancho, el batman, el
carelaucha…en fin, tantas otras.
Estas observaciones que
llamaré de segundo nivel, nos indican
que la aparente superficialidad o simpleza de dichas láminas no sea tal, y que
los comportamientos humanos cuya naturaleza, si bien pueden ser condenables,
incómodos, ofensivos o incluso cómicos, no hacen que el autor opte por una
crítica seria, ideológicamente cultivada y distanciada de su relación con la
urbe, por el contrario, se trata de una incomodidad cercana y natural,
es decir de una resistencia temprana
respecto de lo sucio, de la mezcolanza y
lo contaminado, pero que justamente por eso, puede experimentarse como abono fértil,
animoso y vital.
El quiltro que busca
alimento dentro de una bota en el
basural es algo que llama a compasión o rabia, pero instalado xilográficamente
ahí, recuerda cierto “surrealismo” medieval, tal vez una cita invertida de “El
Jardín de las Delicias” ese sitio en que J. Bosco expone toda su sorna por lo que puesto aquí y ahora podría ser el “Jardín de la Basura”.
Tal vez sea por todo lo
dicho y por la distancia desaprensiva que toma Cartes respecto de lo sublime y
de la amargura ideológica, es que su obra se acerca al Pop, a Warhol al cómic incluso. Es que como he explicado, Roberto no
necesita elaborar un repertorio de signos especialmente gestados para la
denuncia de la crisis político-ecológica
que nos mata, y en cambio sólo necesita dejarse fluir por la información vivida
de verdad, silentemente guardada y luego aguzada tal cual su mirada fluyendo desde
la punta de un lápiz a pasta.
Edgardo Neira
Marzo 27 de 2019

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