Patrimonio, lenguaje y
vacío.
La cultura contemporánea expresada, entre otras cosas, por la
búsqueda de una nueva relación entre ciudadanía y poder, ha ido también replanteando
la idea de patrimonio, palabra que derivada del latín: patris-onium, hace referencia a “lo heredado del padre”.
De ahí que la UNESCO haya debido expandir dicho concepto
desde su acepción inicial patrística basada en una poética de nostalgia por el
pasado, hacia la visibilización de acontecimientos culturales que desde el
presente inciden en la generación de nuevas memorias y de olvidos.
En tales sentidos resulta pertinente instalar algunas
preguntas sobre el derribo de estatuas durante la explosión social de fines de
2019, hechos coincidentes con el conflicto, indebidamente denominado, “de la
araucanía”.
Una de esas estatuas, la más significativa, es la que
representa a Pedro de Valdivia, fundador de esta ciudad. Desde el punto de
vista patrimonial cabe preguntarse ¿qué se derriba cuando se derriba una imagen?
La de Valdivia en este caso. Tal vez corresponda a un comprensible intento por
borrar una parte, acaso ominosa, de nuestra historia, para luego producir una
memoria distinta y renovada. Pero en lo inmediato, ese hecho sólo logra un
vacío en el paisaje mental del ciudadano común.
Por otra parte, asombra recordar que las principales armas de
la conquista española no fueron: ni el acero, ni el caballo, ni la pólvora;
sino la lengua castellana y su poder para implantar, además por escrito, su
propia visión de mundo. Incluso, si revisamos la estatua caída, veremos que
Valdivia apoya su mano izquierda en una espada, mientras en la otra sostiene un
rollo de pergamino escrito. Por otra parte, recordemos que en La Araucana, el excelso
poema épico de Alonso de Ercilla, el pueblo mapuche es definido, desde sus primeros
versos, como indómito y belicoso. ¿Pero era tan así, o es que con esa bella
escritura se estaba reduciendo su portentosa cosmogonía a una pura furia
guerrera? ¿es la guerra su legado?
Otro poeta, nuestro Elicura Chihuailaf, enseña que en lo
profundo de su cultura habita poyen,
el poder de la ternura materna que hay que defender. Con todo. También afirma:
“Cada cultura es una delicada flor que hay cuidar para que no se marchite”
Cómo hacer entonces para que en vez de borrar lo imborrable o
dominar lo indomable, podamos cultivar - ya sin miedo- por entre los
intersticios de nuestras culturas, y desde ahí tejer ese relato azul que según
Chihuailaf aparece cuando termina la noche y llega un nuevo día.
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