MESA SERVIDA.
Antigua Ocultadora. Haced pues que haya germinación…que seamos invocados,
que seamos adorados, que seamos conmemorados, por el hombre construido, el
hombre formado, el hombre maniquí, el hombre moldeado. Haced que así sea.
POPOL VUH
De la bella resistencia
¿Desde dónde fluye la despiadada belleza en la escultura
ceramizada de Bárbara Bravo? Ante esa interrogante solo debemos insinuar algunas
posibilidades para luego permanecer en vilo, entre la certeza que ofrece la
materia y la nube de sus posibles significados.
Lo expresó alguna vez Giacometti: “La
escultura no es un objeto; es un enigma…”
Ya desde su enunciado: Mesa Servida, se hace intuir que el barro modelado y quemado es ofrecido como tributo sobre esa superficie de ritos infinitos que es la mesa, un mueble que en su simpleza no solo sirve para elevar el suelo hasta una altura cómoda, sino también como soporte en que lo arcano es ofrecido como elemento y alimento vitrificado, un tiempo enrarecido, tiempo solidificado a la vez que fluyente en devenir eternidad. De ahí que opere como factor de resistencia ante la hermosura fetiche pero, al mismo tiempo, ante la sobre-determinación presentista e inmaterial que imponen algunas contingencias teóricas. No se trata entonces de una belleza servil, sino de una capaz de interferirla y por eso despiadada. La belleza, si no es rastrera, resiste y no perdona. De ahí que resistir y persistir en lo bello deviene servicio (no servilismo) a la condición humana, condición que no sólo se activa desde la transparencia útil de lenguaje, sino de toda vitalidad que aparezca por entre sus pliegues y ocultamientos. Pero enrarecer no significa recurrir perezosamente a la rareza de lo exótico; en vez de eso, como afirma Graciela Iturbide, se trata de rehusar al exotismo para solucionar con el misterio. Es lo misterioso el factor que complejiza los ceramios de Bárbara Bravo.
Pero es también sorprendente que las palabras resistir y
fluir, dos verbos claves en la retórica de la contemporaneidad, sean
coincidentes con la naturaleza del primero y más antiguo material producido por
la humanidad: el Kéramos: cerámica en griego, significa, casi literalmente:
¨barro quemado que resiste¨. No es pues casual que en tantos mitos
fundacionales aparezca el barro como materia prima divina para modelar el
cuerpo humano. En esa gestión corporal es
en dónde acontece el mito del arte; más aún, es en la subjetividad producida en
el cuerpo en dónde se entre-teje el cerebro social; porque la tierra, el agua y
el calor no producen utilidad ni conocimiento sin una corporalidad que les
amase en su materialidad espiritual; ese cuerpo es del alfarero, del artesano, del
escriba o del escultor. En este caso el cuerpo de nuestra artista alfarera, el
de Bárbara.
Del Procedimiento.
Mientras escribo estas líneas evoco las palabras de Bárbara transparentando
(en algo) su procedimiento de obra:
No me trazo un plan
previo, más bien me dejo fluir, me gusta trabajar en directo, en la inmanencia del
modelar…
Sin embargo la ausencia de un plan previo no se debe entender
como una vulgar improvisación, sino como la priorización del procedimiento de
obra por sobre un resultado futuro perfectamente cerrado. Es que en la acción
del “dejarse fluir” está ocurriendo el proceso de conexiones entre la acción de
la mano pensante y memoriosa, con los diversos tiempos y saberes que en ese, su
acto, se infiltran. En Mesa Servida se
nos ofrecen variadas huellas: precolombinas, de la cultura chinchorro, de la
teratología andina. Incluso se podría ficcionar con improntas muchísimo más ignotas
y lejanas: de Ahin Ghazal o, acaso, de Sumer. Toda esta compleja apertura
semántica ocurre porque los cuerpos fragmentados y reconstituidos sobre la mesa
son tributados como infinitud. Cadáver o gloria, el cuerpo es siempre
significante de una resurrección por insurrección, de ahí la espiritualidad del
arte. Misma espiritualidad del oficio que Bárbara Bravo culmina con la sinterización
y la seducción balsámica de los engobes, delicadeza culminante en dónde la
fugacidad de todo cuanto existe adquiere la posibilidad de ser
escalofriantemente eterna.
Edgardo Neira. Enero 2018


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