La fotógrafa Claudia R. Ormeño (C.R.O) ha entregado durante el año 2020 su más reciente producción fotográfica: “CONATUS”, exposición compuesta por 49 láminas acompañadas de una atmósfera de ecos y sonidos especialmente concebidos para su expansión hacia lo audiovisual.
Respecto del concepto:
conatus, que da nombre a su muestra, éste
aparece con Baruch Spinoza: filósofo y teólogo del s. XVII que resultará clave para
la gestación del pensamiento que llamamos contemporáneo. Dicho muy en breve, el
giro de Spinoza está provocado por una pulsión ética y estética de la
inmanencia que, aún de origen divino, habría de operar con autonomía respecto
de la idea de un Dios único y trascendente, en consecuencia, tomando distancia
de las instituciones en que el filósofo se había formado. Visto desde ahora, un
conato visual spinoziano, operaría como
el deseo ético por producir chispazos críticos en un determinado devenir; chispas
vivenciales que, en este caso, se harían visibles (y audibles) por medio del clik de un dispositivo fotográfico. Sin
embargo, siguiendo con Spinoza, junto a esa brevedad operacional se ha de producir
una perseverancia ética sostenida en el afecto y en la calidez humana, así también
por cierta persistencia en la búsqueda de lo formalmente bello. Y es eso, precisamente, lo que es factible que
ocurra al momento de ver y escuchar estas 49 fotografías, instante dolido que deviene
huella que perdura en esperanza; rastros que clavados en la brevedad de un “flash”,
transfieren la persistencia de muchos pasados, los que irán, a su vez, prefigurando
poéticas y acogedoras recepciones. Tal como ocurre con el instante en que Spinoza
aparece en la historia, cuya huella, breve pero intensa, perdura ya por casi cuatro
siglos; y es precisamente ahora, en este presente, cuando sus conceptos se han
hecho más visibles y pertinentes.
Por su parte, la pulsión ética de C.R.O, digamos el clik social que le hace involucrar, es accionado
por la historia que habita en los cuerpos de niñas que han sido abandonadas y luego
acogidas en un hogar de menores; espacios que, en una primera fase, la
fotógrafa recorre prescindiendo de todo dispositivo de registro, ni cámara ni
grabadora. Según Spinoza, sería durante ese recorrido que su propio cuerpo se irá
implicando como un lugar de acogida y registro bio-espiritual, en carne y hueso,
de aquello que a esas pequeñas mujeres ha ido sucedido. Y sucede.
Tiempo después, en una segunda visita, desarrollará la etapa propiamente
fotográfica del proceso, fase acuciosa y crucial en que la artista tendrá especial
cuidado en no registrar cuerpo alguno, evitando así toda obviedad
exhibicionista o instrumentalización denunciatoria. Paradojalmente, la elocuente ausencia de
cuerpos es lo que origina el sentido más intenso, acogedor y emotivo de su
arte.
Luego será la edición de los registros, operativo estratégico que organizará la intención de las huellas capturadas en sus repeticiones y diferencias. Intención que hará adivinar la proximidad en ausencia de esas niñas ocultas en la penumbra resplandeciente, diríase conventual de esos interiores. Ahí el estante de los platos, la ropa tendida, en fin, algún juguete inerte que espera por su compañera de juego.
El proceso se completa con la inclusión del sonido. Tan
discreto como las imágenes, el audio en off
potencia el factor fantasmal de una fisura espacio-temporal del que brota cada
presente. Es entonces cuando el eco de un murmullo, el abismal ritmo de una
gota al caer o, acaso, aquel silabeo conmovedor y entrecortado de una niña que
aprende a leer con el célebre poema de Antonio Machado: Caminante no hay camino, se hace camino al andar.
Concluyamos que el contenido ético y crítico de CONATUS no se
pretende a sí mismo en la modalidad zarpazo. No hacia una institución que, al
dar acogida, zurce como mejor puede el vacío que produce el abandono. Se trata,
en cambio, desde el arte de la luz: visibilizar y también generar, junto al
presente de esas niñas, los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles que nos sugiere
Machado con su poema.
Edgardo
Neira


