lunes, 3 de mayo de 2021

EL JOVEN DEL TRACTOR AZUL. El pueblo que falta.


                                                               

La edición de Le Monde Diplomatique correspondiente al mes de abril 2021 ha tenido a bien publicar, por quinta vez, una de mis obras. Esta vez se trata de “JOVEN DEL TRACTOR AZUL. Catrillanca” obra que junto a su par: “JOVEN CON HOJAS DE FOYE”, le fue asignado el primer premio en el Concurso UNIVERSIDAD DE CONCEPCIÓN 100 AÑOS, certamen con que esta institución intensificó las celebraciones de su primer siglo de existencia durante el 2019. Pues bien, como el citado cuadro aparece acompañando el artículo “La liberación nacional Mapuche” del Dr.  Fernando Pairacan, me han llegado algunas consultas, bien intencionadas la mayoría, respecto de las intenciones y sentires que habrían motivado mi opción temática. En este punto se debe mencionar que la costumbre protocolar dicta que sea otra persona, habitualmente una curaduría, la que debe investigar y luego explicar los conceptos y prácticas surgidas de tal ejercicio. En esta ocasión ese trabajo para catálogo le fue encargado por la Dirección de Extensión a la periodista, curadora e investigadora Carolina Lara, quién, en lo que respecta a mi trabajo, dedica algo más de tres líneas a una columna, exiguas considerando que estaban dirigidas a un público que necesitaría comprender que hay en una obra que ha “ganado” un concurso como éste. Aun así, tal ahorro de palabras pudo ser suficiente si hubiese practicado una investigación algo más cuidadosa, menos reducida a sus propios conocimientos y deseos. Sin embargo, esa misma estrechez, sumada a las numerosas consultas recibidas por la publicación de Le Monde Diplomatique, me permiten obviar el pudor de la auto-referencia y entonces poder dar testimonio del proceso transcurrido entre la elección del “tema” y la “ejecución” de ambas pinturas.


De la Motivación.

En julio de 2019, fecha en que comencé a delinear los conceptos con que trabajaría, tenía aún muy frescos los luctuosos hechos que significaron el homicidio del joven Camilo Catrillanca en noviembre 2018. Revisé videos y fotografías, consulté mapas, escuché relatos y argumentos de las personas involucradas. Constaté la rabia y el dolor verdaderos, el arrepentimiento, el desgarro real y también el otro: el luto de utilería, el lamento estratégico. De las decenas de imágenes revisadas hubo una que me pareció especialmente espeluznante: El cuerpo doblado de un hombre, un ovillo de carne muerta en tenida de camuflaje, era el cuerpo del joven Catrillanca mientras es descendido por tres funcionarios blindados desde un tractor azul. No pude evitar asociar esa imagen con tantos descendimientos del Cuerpo muerto que existen el la historia de la pintura. ¿Debería entonces referir a ese cuerpo? Así lo decidí, pero lo sería en tanto habeas corpus, el de un cuerpo presente pero ya liberado de toda imagen de derrota y corrupción.  Mi representación de Catrillanca debía ser, pues, una metonimia de sí, una silueta de ausencia que proyectase su presencia sublimada hacia un pueblo entero. Hacia un país entero, hacia un pueblo que aún falta.

Del Procedimiento: materia y significados.

Después de hacer decenas de croquis y pruebas, me propuse que los soportes (telas) operaran como un substrato de tensión y crispamiento, un territorio gris, común e intenso. Para lograr tal tensión, la relación entre materialidad (significantes) y las políticas de mirada puestas en juego (significados) serían claves. Siendo que el recurso pictórico más próximo a las culturas ancestrales es la silueta frontal, serían ellas las protagonistas. Las fabriqué con tierras de color: negra, roja y azul; también cuarzo granulado, ya que sus cristales, además de servir como pigmento blanco, es de sorprendente importancia en el universo cultural mapuche, y ¡oh coincidencia! también para la tecnología actual llamada “de punta”.

Por otra parte, para aquellas zonas “europeizadas” se utilizó collages y fotografías, además de procedimientos pictóricos propios de la pintura ilusionista, flamenca en este caso, la que se puede advertir en las gotas de agua (o lágrimas) realizadas de manera muy realista y que escurren desde una nube de tierra negra en un caso, y de cuarzo blanco en el otro. El resultado general, por tanto, respondería a la tensión acumulada entre una percepción “háptica” (táctil, contingente y cercana) con otra de tipo “óptica”, más de perspectiva distante y omnisciente).

Aprovecho la ocasión para comentar sobre ciertos deseos, subrepticiamente expresados, respecto de la escaza claridad denunciatoria y contingente, eso porque la motivación general gira en torno al asesinato de Camilo Catrillanca a manos de fuerzas del Estado. Y todo lo que aquello implica.

Sin embargo, todo eso que aquello implica, desborda con creces, a mi juicio, el duelo y la rabia puntual y ciertamente inevitables, por eso me pareció importante, acaso indispensable, incorporar otros datos a la mirada inmediata, puramente sensible y subjetiva, la de un pintor más encima. De ahí que mantuve conversaciones con personas que, además de ser mapuche, han dedicado sus vidas a investigar y rescatar su cultura. De ellos conocí algo más de su maravillosa cosmogonía. Por mi parte corroboré las distorsiones que, aprovechándose de picoteos en La Araucana, gustan enfatizar la acometividad del “músculo robusto y belicoso” como anota Ercilla, en desmedro de aquellos versos en que el poeta escribe - aunque sea parafraseando la Eneida- sobre la humanidad y la ternura espiritual -ti poyen- de quiénes se saben parte de la tierra y del universo mismo. 

Ya en un texto anterior hice referencia a que ni la superioridad tecnológica, ni el caballo, ni la pólvora, ni el hierro fueron tan determinantes para la tropa española como el haber impuesto su lengua. Y su escritura. Y si bien el castellano cuenta con finezas idiomáticas y poéticas imposibles para otros idiomas, así también el mapuzungun las tiene respecto de la lengua española. Esta dicotomía del verbo genera dos maneras de producción de mundo, dos maneras distintas de aprehender el tiempo y el espacio, la existencia misma. Y si tales diferencias no son capaces de vincularse, de enriquecerse la una con la otra, cada cultura ha de permanecer a la defensiva respecto de la otra, que a su debido tiempo pasará a ser ella la ofensiva. Viceversa.  Defensa y Ofensa, dos puertas que giran en torno a la misma bisagra, el eje de la muerte.

Resistí a ser secuestrado por la ira, le negué su participación. Traté, en cambio, de ofrecer una perspectiva visual de otro orden, no de control ni finiquito como la pacificación del siglo XIX, sino de apertura a miradas faltantes, las que sin ofrecer una salida mesiánica “concreta”, quieren vislumbrar un horizonte que aún permanece oculto entre la niebla y el humo. El humo es el sueño del fuegoEl azul del cielo es el sueño eterno del aire, escribe Chihuailaf.

Finalmente, respecto de la “silueta oscura que parece a punto de estallar” mencionada con tintes proféticos por C. Lara en su recorte, si bien supone a Camilo Catrillanca baleado en su tractor azul, corresponde también a un joven ya estallado, un nombre ya expandido desde la tierra negra o del cuarzo destellante. Es el destello inmanente de un pueblo que falta, de un relato espiritual faltante, el de un pueblo champurriado (mezclado) que quiere volver las cosas a su lugar, pero adelante, en la línea esbozada de un horizonte en deuda. En esas cosas cavilaba mientras pintaba.  



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viernes, 12 de febrero de 2021

CONATUS

La fotógrafa Claudia R. Ormeño (C.R.O) ha entregado durante el año 2020 su más reciente producción fotográfica: “CONATUS”, exposición compuesta por 49 láminas acompañadas de una atmósfera de ecos y sonidos especialmente concebidos para su expansión hacia lo audiovisual.

 Respecto del concepto: conatus, que da nombre a su muestra, éste aparece con Baruch Spinoza: filósofo y teólogo del s. XVII que resultará clave para la gestación del pensamiento que llamamos contemporáneo. Dicho muy en breve, el giro de Spinoza está provocado por una pulsión ética y estética de la inmanencia que, aún de origen divino, habría de operar con autonomía respecto de la idea de un Dios único y trascendente, en consecuencia, tomando distancia de las instituciones en que el filósofo se había formado. Visto desde ahora, un conato visual spinoziano, operaría como el deseo ético por producir chispazos críticos en un determinado devenir; chispas vivenciales que, en este caso, se harían visibles (y audibles) por medio del clik de un dispositivo fotográfico. Sin embargo, siguiendo con Spinoza, junto a esa brevedad operacional se ha de producir una perseverancia ética sostenida en el afecto y en la calidez humana, así también por cierta persistencia en la búsqueda de lo formalmente bello.  Y es eso, precisamente, lo que es factible que ocurra al momento de ver y escuchar estas 49 fotografías, instante dolido que deviene huella que perdura en esperanza; rastros que clavados en la brevedad de un “flash”, transfieren la persistencia de muchos pasados, los que irán, a su vez, prefigurando poéticas y acogedoras recepciones. Tal como ocurre con el instante en que Spinoza aparece en la historia, cuya huella, breve pero intensa, perdura ya por casi cuatro siglos; y es precisamente ahora, en este presente, cuando sus conceptos se han hecho más visibles y pertinentes.

Por su parte, la pulsión ética de C.R.O, digamos el clik social que le hace involucrar, es accionado por la historia que habita en los cuerpos de niñas que han sido abandonadas y luego acogidas en un hogar de menores; espacios que, en una primera fase, la fotógrafa recorre prescindiendo de todo dispositivo de registro, ni cámara ni grabadora. Según Spinoza, sería durante ese recorrido que su propio cuerpo se irá implicando como un lugar de acogida y registro bio-espiritual, en carne y hueso, de aquello que a esas pequeñas mujeres ha ido sucedido. Y sucede.  

Tiempo después, en una segunda visita, desarrollará la etapa propiamente fotográfica del proceso, fase acuciosa y crucial en que la artista tendrá especial cuidado en no registrar cuerpo alguno, evitando así toda obviedad exhibicionista o instrumentalización denunciatoria.  Paradojalmente, la elocuente ausencia de cuerpos es lo que origina el sentido más intenso, acogedor y emotivo de su arte.

Luego será la edición de los registros, operativo estratégico que organizará la intención de las huellas capturadas en sus repeticiones y diferencias. Intención que hará adivinar la proximidad en ausencia de esas niñas ocultas en la penumbra resplandeciente, diríase conventual de esos interiores. Ahí el estante de los platos, la ropa tendida, en fin, algún juguete inerte que espera por su compañera de juego.


El proceso se completa con la inclusión del sonido. Tan discreto como las imágenes, el audio en off potencia el factor fantasmal de una fisura espacio-temporal del que brota cada presente. Es entonces cuando el eco de un murmullo, el abismal ritmo de una gota al caer o, acaso, aquel silabeo conmovedor y entrecortado de una niña que aprende a leer con el célebre poema de Antonio Machado: Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

Concluyamos que el contenido ético y crítico de CONATUS no se pretende a sí mismo en la modalidad zarpazo. No hacia una institución que, al dar acogida, zurce como mejor puede el vacío que produce el abandono. Se trata, en cambio, desde el arte de la luz: visibilizar y también generar, junto al presente de esas niñas, los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles que nos sugiere Machado con su poema. 

                                                                                                                                             Edgardo Neira

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 2 de febrero de 2021

PATRIMONIO

 


Patrimonio, lenguaje y vacío.


La cultura contemporánea expresada, entre otras cosas, por la búsqueda de una nueva relación entre ciudadanía y poder, ha ido también replanteando la idea de patrimonio, palabra que derivada del latín: patris-onium, hace referencia a “lo heredado del padre”.

De ahí que la UNESCO haya debido expandir dicho concepto desde su acepción inicial patrística basada en una poética de nostalgia por el pasado, hacia la visibilización de acontecimientos culturales que desde el presente inciden en la generación de nuevas memorias y de olvidos.

En tales sentidos resulta pertinente instalar algunas preguntas sobre el derribo de estatuas durante la explosión social de fines de 2019, hechos coincidentes con el conflicto, indebidamente denominado, “de la araucanía”. 

Una de esas estatuas, la más significativa, es la que representa a Pedro de Valdivia, fundador de esta ciudad. Desde el punto de vista patrimonial cabe preguntarse ¿qué se derriba cuando se derriba una imagen? La de Valdivia en este caso. Tal vez corresponda a un comprensible intento por borrar una parte, acaso ominosa, de nuestra historia, para luego producir una memoria distinta y renovada. Pero en lo inmediato, ese hecho sólo logra un vacío en el paisaje mental del ciudadano común.


Por otra parte, asombra recordar que las principales armas de la conquista española no fueron: ni el acero, ni el caballo, ni la pólvora; sino la lengua castellana y su poder para implantar, además por escrito, su propia visión de mundo. Incluso, si revisamos la estatua caída, veremos que Valdivia apoya su mano izquierda en una espada, mientras en la otra sostiene un rollo de pergamino escrito. Por otra parte, recordemos que en La Araucana, el excelso poema épico de Alonso de Ercilla, el pueblo mapuche es definido, desde sus primeros versos, como indómito y belicoso. ¿Pero era tan así, o es que con esa bella escritura se estaba reduciendo su portentosa cosmogonía a una pura furia guerrera? ¿es la guerra su legado?

Otro poeta, nuestro Elicura Chihuailaf, enseña que en lo profundo de su cultura habita poyen, el poder de la ternura materna que hay que defender. Con todo. También afirma: “Cada cultura es una delicada flor que hay cuidar para que no se marchite”

Cómo hacer entonces para que en vez de borrar lo imborrable o dominar lo indomable, podamos cultivar - ya sin miedo- por entre los intersticios de nuestras culturas, y desde ahí tejer ese relato azul que según Chihuailaf aparece cuando termina la noche y llega un nuevo día.

 

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