martes, 10 de noviembre de 2020

MESA SERVIDA

 

                                                                   MESA SERVIDA.

Antigua Ocultadora. Haced pues que haya germinación…que seamos invocados, que seamos adorados, que seamos conmemorados, por el hombre construido, el hombre formado, el hombre maniquí, el hombre moldeado. Haced que así sea.

                                                                               POPOL VUH                                                                                  

De la bella resistencia

¿Desde dónde fluye la despiadada belleza en la escultura ceramizada de Bárbara Bravo? Ante esa interrogante solo debemos insinuar algunas posibilidades para luego permanecer en vilo, entre la certeza que ofrece la materia y la nube de sus posibles significados.  Lo expresó alguna vez Giacometti: “La escultura no es un objeto; es un enigma…”

Ya desde su enunciado: Mesa Servida, se hace intuir que el barro modelado y quemado es ofrecido como tributo sobre esa superficie de ritos infinitos que es la mesa, un mueble que en su simpleza no solo sirve para elevar el suelo hasta una altura cómoda, sino también como soporte en que lo arcano es ofrecido como elemento y alimento vitrificado, un tiempo enrarecido, tiempo solidificado a la vez que fluyente en devenir eternidad. De ahí que opere como factor de resistencia ante la hermosura fetiche pero, al mismo tiempo, ante la sobre-determinación presentista e inmaterial que imponen algunas contingencias teóricas. No se trata entonces de una belleza servil, sino de una capaz de interferirla y por eso despiadada.  La belleza, si no es rastrera, resiste y no perdona. De ahí que resistir y persistir en lo bello deviene servicio (no servilismo) a la condición humana, condición que no sólo se activa desde la transparencia útil de lenguaje, sino de toda vitalidad que aparezca por entre sus pliegues y ocultamientos. Pero enrarecer no significa recurrir perezosamente a la rareza de lo exótico; en vez de eso, como afirma Graciela Iturbide, se trata de rehusar al exotismo para solucionar con el misterio.  Es lo misterioso el factor  que complejiza los ceramios de Bárbara Bravo.


Pero es también sorprendente que las palabras resistir y fluir, dos verbos claves en la retórica de la contemporaneidad, sean coincidentes con la naturaleza del primero y más antiguo material producido por la humanidad: el Kéramos: cerámica en griego, significa, casi literalmente: ¨barro quemado que resiste¨. No es pues casual que en tantos mitos fundacionales aparezca el barro como materia prima divina para modelar el cuerpo humano.  En esa gestión corporal es en dónde acontece el mito del arte; más aún, es en la subjetividad producida en el cuerpo en dónde se entre-teje el cerebro social; porque la tierra, el agua y el calor no producen utilidad ni conocimiento sin una corporalidad que les amase en su materialidad espiritual; ese cuerpo es del alfarero, del artesano, del escriba o del escultor. En este caso el cuerpo de nuestra artista alfarera, el de Bárbara.

La espiritualidad que de tales cuerpos surge, no es la de un blanqueado que busca mostrar pureza inmaculada, al contrario, tal como un ídolo con pies de barro, es en lo sombrío de ese barro en donde se alumbra y a la vez oculta; de ahí “La antigua ocultadora”  que menciona el verso del  Popol Vuh anotado en el epígrafe.

Del Procedimiento.

Mientras escribo estas líneas evoco las palabras de Bárbara transparentando (en algo) su procedimiento de obra:

No me trazo un plan previo, más bien me dejo fluir, me gusta trabajar en directo, en la inmanencia del modelar…  

Sin embargo la ausencia de un plan previo no se debe entender como una vulgar improvisación, sino como la priorización del procedimiento de obra por sobre un resultado futuro perfectamente cerrado. Es que en la acción del “dejarse fluir” está ocurriendo el proceso de conexiones entre la acción de la mano pensante y memoriosa, con los diversos tiempos y saberes que en ese, su acto, se infiltran. En Mesa Servida se nos ofrecen variadas huellas: precolombinas, de la cultura chinchorro, de la teratología andina. Incluso se podría ficcionar con improntas muchísimo más ignotas y lejanas: de Ahin Ghazal o, acaso, de Sumer. Toda esta compleja apertura semántica ocurre porque los cuerpos fragmentados y reconstituidos sobre la mesa son tributados como infinitud. Cadáver o gloria, el cuerpo es siempre significante de una resurrección por insurrección, de ahí la espiritualidad del arte. Misma espiritualidad del oficio que Bárbara Bravo culmina con la sinterización y la seducción balsámica de los engobes, delicadeza culminante en dónde la fugacidad de todo cuanto existe adquiere la posibilidad de ser escalofriantemente eterna.

                                                                                                           Edgardo Neira. Enero 2018