miércoles, 27 de marzo de 2019


                              
   NATURALEZA INCÓMODA
  Roberto Cartes


Es verdad, la naturaleza está incómoda, y lo está por la grosería humana del no  hacerse cargo que aquello que denominamos  naturaleza (exterior) circula por nuestro  propio cuerpo (interior).  Naturaleza es, en la obra de Roberto Cartes, incomodidad de la naturaleza ante sí y en nosotros, incomodidad en la población de lo vivo a manos de sus mismos pobladores.

Pero eso es lo más evidente, porque esta exposición presenta, al menos,  dos niveles de lectura, en que el primero de ellos, el nivel denunciante, se anota en sus xilografías con la presencia de usinas y tuberías humeantes, burbujas negras, vapores y líquidos oscurecidos con  porquerías que evidencian la contaminación ambiental. Eso queda bastante claro por lo oscuro de la denuncia.

Pero hay un segundo nivel de lectura mucho más complejo, y que se relaciona con el cómo y desde dónde mira lo que mira el autor, es decir  en dónde se acomoda artísticamente su incomodidad.

Partamos por mencionar la tensión que genera el autor entre la pulcritud del montaje  respecto del cómo desarrolla la “temática” de sus imágenes. Digo desajuste porque R. Cartes es grabador, dibujante y profesor universitario en ambas disciplinas,  cuyo domino bien pudo haberle  impulsado hacia la exquisitez que tales oficios posibilitan. Pero no ha sido así, pues lo que Roberto Cartes hace es precisamente mantener a raya aquello que pueda parecer excelso o sublime, permitiéndoles existir, sí, pero sólo en el riguroso  protocolo que exige  la impresión gráfica y sus respectivos montajes, y  porque le es conveniente para que la parte  bastarda de su obra  resalte aún más.  Y cuando digo bastardo refiero al carácter potente de lo hecho a mano y con los medios mínimos. 

De ahí sus “monos a lapizpasta con que ha ido repletando, por años, pequeñas libretas y papelitos varios, ejercicio íntimo realizado especialmente mientras su atención se encuentra operando en formato “EXEL”, esa trama verde que supedita  nuestras habilidades blandas a la dura geometría de las instituciones.  Es en esa interfase cuando  su lápiz segrega imágenes, las que fijadas sobre la fragilidad del roneo, conducirán a lo que de cuajar definiremos como macicez de un cuerpo de obra.

Pero en el  albo muro expositivo están activadas, además, otras imágenes, ya no las del banco de datos privado, sino aquellas  que tienen su origen allá fuera, en el  rayado a “plumón temperado” que utiliza el  grafitero de barrio.

  “Me tomo, dice Cartes, de la compulsión chilena por clasificar al otro según su aspecto, el cara de jarro…” Entonces ahí vemos citados por Cartes mediante dibujo directo al: carechancho, el batman, el carelaucha…en fin, tantas otras.

Estas observaciones que llamaré  de segundo nivel, nos indican que la aparente superficialidad o simpleza de dichas láminas no sea tal, y que los comportamientos humanos cuya naturaleza, si bien pueden ser condenables, incómodos, ofensivos o incluso cómicos, no hacen que el autor opte por una crítica seria, ideológicamente cultivada y distanciada de su relación con la urbe,  por el contrario,  se trata de una incomodidad cercana y natural,  es decir de una resistencia temprana respecto de  lo sucio, de la mezcolanza y lo contaminado, pero que justamente por eso, puede experimentarse como abono fértil, animoso y vital.

El quiltro que busca alimento dentro de una bota en el  basural es algo que llama a compasión o rabia, pero instalado xilográficamente ahí, recuerda cierto “surrealismo” medieval, tal vez una cita invertida de “El Jardín de las Delicias” ese sitio en que J. Bosco expone toda su sorna por  lo que puesto aquí y ahora  podría ser el “Jardín de la Basura”.

Tal vez sea por todo lo dicho y por la distancia desaprensiva que toma Cartes respecto de lo sublime y de la amargura ideológica, es que su obra se  acerca al Pop, a Warhol al cómic  incluso. Es que como he explicado, Roberto no necesita elaborar un repertorio de signos especialmente gestados para la denuncia de  la crisis político-ecológica que nos mata, y en cambio sólo necesita dejarse fluir por la información vivida de verdad, silentemente guardada y luego aguzada tal cual su mirada fluyendo desde la punta de un lápiz a pasta.

                                                                                                              Edgardo Neira 
                                                                                                             Marzo 27 de 2019