Lunático Esplendor
Pintura y perfomática en Luis Almendra
Lunático Esplendor: se trata del enunciado que contiene la última
auto-exposición de Luis Almendra en la Casa del Arte José Clemente Orozco, la
casa de sus amoríos y odios. Su casa.
¿Y a qué refiere Almendra con tal titular?
Si partimos por lo de lunático encontramos que cualquier diccionario
define la condición lunático-a como la particularidad de un individuo para cambiar
brusca y constantemente de personalidad; tal como la luna que cambia de faz y
consecuentemente de resplandor. Pero en un segundo momento Almendra no habla de
resplandecer sino de aquello que es
espléndido, es decir intenso y fulguroso.
Una estrella entonces. Lo digo en el sentido que para ser estrella no
significa, necesariamente, ser bacán para algo, sino de generar una acreción visual
tal, que llegue a producir visibilidad aún sin luz. Sin luz no hay visualidad, aunque
sí puede haber visibilidad, esa es la estrategia de Luzbel para resplandecer sin
ser demasiado visible. O viceversa.
Pero toda trampa incita a la fuga, entonces Almendra crece,
corre, siempre está transpirando de tanto correr: así viaja, se rapa, se raspa,
se rae, así, legrando el útero de su yo se re-produce, entonces surgen nuevos
Luises y nuevos Almendras. Uno de ellos,
el más distinguido, es el Conejo Rosa, disfraz rosado y afranelado tipo
“enterito” que incluye una tapa trasera que posibilita acciones a poto a descubierto,
lo que siempre puede ser necesario para un conejo rosado obsceno y apurado. Es
por ese apuro que pienso en el conejo de Alicia (Lewis Carroll); siempre
apresurado y quejándose por llegar tarde
a la cita. Almendra se urge por eso, por llegar tarde a su cita con el
reconocimiento universal. Pero claro, a quién no le ha sucedido.
Tal vez debiera (y debiéramos) acoger un consejo de Ricardo Piglia, el literato argentino quién aconseja que siempre hay llegar tarde a la moda, tarde a la cita, llegar tarde a todo, pero una tardanza entendida como resistencia al espectáculo frívolo de lo espectacular.
Tal vez debiera (y debiéramos) acoger un consejo de Ricardo Piglia, el literato argentino quién aconseja que siempre hay llegar tarde a la moda, tarde a la cita, llegar tarde a todo, pero una tardanza entendida como resistencia al espectáculo frívolo de lo espectacular.
Pero la contención
dentro del conejo rosa presenta también sus ventajas, dentro de él se puede ser
desvergonzado y cínico, porque como todo disfraz, oculta para poder mostrar
aquello que la timidez inhibe. Pero también puede operar como “conejo troyano”,
es decir parecer un conejo tiernucho y algo patético, cuyo fin sería la infiltración pluralizada de sus reales
intenciones interiores. Harta pega, es cierto, pero para eso es joven y cuenta con una buena cantidad de energía,
tal como el rosado conejillo de Duracell,
debe tener pila para rato.
Por tales razones podemos intuir que también en ésta, su más
resplandeciente exposición en la institución universitaria, haya comparecido travestido
en conejo; y aunque no le fue necesario desabrochar la tapa que se abre al
trasero, de igual modo ejercitó su irónico y violento talante; algo así como un
shock-art-soft tardío que procura poner bajo sospecha la vetusta
institucionalidad del arte.
Pero cuando todos se van, cuando el uniforme de peluche rosa
cuelga vacío por ahí, quedan las pinturas, las grandes pinturas de excelencia técnica, el oficio del autor de la
auto-referencialidad genial y corporal gritada a todo Almendra, viñetas fuera
de escala ejecutadas por algún Almendra de
cómic, algún acólito del cínico Guasón.
Magníficas de verdad, sus pinturas se ofrecen como una auto-exposición de servicio deseante, sobre todo para l@s
jóvenes estudiantes que la recorrieron alucinados. Un servicio porque en estos tiempos de nada, el deseo repone
a la pintura su condición de disciplina matérica
grávida de todo. Es que el trabajo pictórico se queda en el muro como prolongación real (no
virtual ni inmaterial) del cuerpo, en este caso del cuerpo de un niño que
temiendo llegar atrasado al reconocimiento del mundo, deviene espectáculo, un huachistáculo de sí mismo, pero que en
realidad se trata de un dolor disfrazado, una cáscara que por dolorosa, se
aleja de la escenografía de la frivolidad; un cuerpo
pluralizado, perfomatizado y lunático corriendo inagotable por las territorios del por siempre
jamás que prometían aquellos cuentos que aún vagan entre nosotros.
Edgardo Neira
